Yo le creo a Nebot (El Universo 29 Enero 10)
Publicado por ABA
Creo que este articulo no necesita de mis comentarios, se habla la verdad, duela a quien duela. Por Pedro X.Valverde Rivera Recuerdo con absoluta claridad lo que fue Guayaquil 18 años atrás.
El centro de la ciudad repleto de tallarines de cables de electricidad y telefonía, con las aceras rotas, las tapas de alcantarillado cuarteadas y las calles repletas de basura en las veredas y soportales.
Caminar por el corazón de la ciudad era toda una aventura: primero, porque había que buscar la manera de eludir a todo tipo de vendedores callejeros, apoderados de las calles; segundo, porque los “carteristas” hacían de las suyas a plena luz del día.
En donde hoy queda el Malecón 2000 (que tanto dolor causa en las esferas del poder central) había un malecón abandonado, sucio, repleto de vagabundos y rateros; quien quería conocerlo debía visitarlo a la luz del día, con la nariz tapada por los olores que emanaban dentro del mismo.
Si llovía, la ciudad entera se anegaba porque el sistema de alcantarillado y drenaje colapsaba debido a la basura que lo taponaba.
Recuerdo botes circulando por la avenida principal de la Alborada, los Ceibos e incluso Víctor Emilio Estrada; pequeños vehículos flotando en el agua, amarrados a los postes de luz para que no se los lleve la corriente; no digamos el infierno que vivían los barrios marginales.
Hasta que llegó el gran cambio, primero con León Febres-Cordero y luego con Jaime Nebot.
Muchos guayaquileños han preferido la comodidad de sus actividades empresariales que asumir el reto de tomar el control de la ciudad y rescatarla de la tormenta que vivió hasta llevarla a puerto seguro.
Así y con mucho esfuerzo, los guayaquileños hemos vivido por varios años la transformación de nuestra querida ciudad: estrenando nuevas vías, alcantarillado sanitario, autopistas, regeneración urbana, túneles, terminales, aeropuerto y parques.
Y las clases más necesitadas, además, recibiendo mucho de lo que el Gobierno central debió dar y no dio, gracias a la ineptitud y corrupción de los políticos de turno: salud, educación y alimentos.
A ello, debemos agregar la considerable y sostenida reducción de los índices de la delincuencia, gracias al esfuerzo por combatirla mediante el trabajo coordinado de las diferentes instituciones de la ciudad, lideradas por el Municipio.
Hasta que llegó la revolución ciudadana que encontró en esta ciudad un duro escollo en ese proyecto de controlar todas las voluntades de la patria.
Desde entonces, y paulatinamente, los cañones de la revolución se han dirigido a esta ciudad, a la que paradójicamente, su máximo líder dice amar por ser su tierra natal.
Primero fue el retiro de la Policía de la Corporación Ciudadana de Guayaquil y el desmembramiento de la provincia del Guayas; luego, el incumplimiento de las obligaciones contractuales por parte del Gobierno en el PAP y, finalmente, la disminución ilegal e inconstitucional de las rentas de la ciudad.
Y es que a pesar de hacer todos los bailes y celebraciones verdes en Guayaquil, de organizar contramarchas, de regalar bonos y de dormir en casas humildes de sectores marginales de la ciudad, Guayaquil ha liderado la debacle de la popularidad del Presidente en el Ecuador.
Nebot se ha ganado el respeto y aprecio de los guayaquileños; su obra está regada en toda la ciudad; su obra suprema: acostumbrar a los guayaquileños a no comer cuento. A rechazar las mentiras y reaccionar cuando se la quiere perjudicar.
Yo SÍ le creo a Nebot. Yo NO le creo a Correa. ¿Y usted, amigo lector?
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