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06/03/2008

Los derechos inalienables

Publicado por Romulo Lopez Sabando

Diario Expreso

Cuando era niño, leí con particular interés a Robinsón Crusoe y “Viernes”, náufragos en una isla perdida. Un paraíso. Ambos podían hacer y disponer lo que se les ocurriese. Todos los bienes básicos, para sobrevivir, eran abundantes y gratuitos, de uso sin límite como el aire que respiraban. Cada uno era dueño de lo suyo (su cuerpo y su espacio). Eran su propiedad privada. No existía el conflicto social, derivado de la presente o futura provisión de los bienes requeridos por cada uno.
                   
Reflexión: Sólo cuando adviene la “escasez” de alguno de los bienes demandados es que se produce el “enfrentamiento”, entre los “amigos”. De la escasez, deriva la negociación y, por tanto, la determinación del “precio”, tasados por ambos en el “valor” que cada uno le da lo suyo para intercambiarlo pacíficamente. Es decir, los “bienes escasos” se convierten en “económicos”.
                   
Esto, en tanto en cuanto, “Viernes” sea un humano y no un gorila, un caníbal y un monstruo. Ahí no habría negocio ni trato. Lo que no es un problema técnico ni económico sino ético, es decir de sobrevivencia.
                   
Lo único “escaso”, que derivará en conflicto social, es el espacio que pretendan ocupar. Ahí surgen, entonces, las primeras reglas de “conducta social, ordenada” que sirven para precisar y determinar la ubicación, en tiempo y espacio, de la propiedad privada, proclive a la convivencia armónica en sociedad. La condición social es que se respete el originario “derecho de propiedad” de cada cual. Lo contrario es “la ley de la selva”. Si la propiedad es “común” o de todos, nadie puede usarla por no haber el consentimiento común de cada individuo, que es remplazado por el mito de mayoría-minoría.
Pues como decía Aristóteles: Un gobierno que «centra todo su poder en los votos del pueblo no puede llamarse democracia, pues sus decretos no pueden ser generales en cuanto a su extensión»
                   
Carlos Marx, (1818-1883) en el Manifiesto Comunista elogia lo realizado por la burguesía capitalista, pero concluye que “la propiedad es un robo”. E inicia, con suprema habilidad, su prédica para despertar emociones como la envidia, la ira, la vergüenza, el rencor, disfrazadas de esperanza y solidaridad para los que carecen de propiedad, según él, producida por la burguesía con el “trabajo asalariado”.
                   
Thomas Hobbes, (1588-1679), estatista, que sostuvo que el hombre era lobo del hombre, (homo hominis lupus), una bestia de presa, no obstante postular por esto la necesidad del “Leviatán”, el monstruo, el Estado, (que en el siglo XX es responsable de la muerte violenta de más de 170 millones de personas), fue quien acuñó la gigante y hermosa frase que es el soporte de los derechos humanos y del derecho constitucional.
                   
“El hombre tiene ciertos derechos naturales a los cuales no puede renunciar porque de ellos depende su supervivencia”. Son “los derechos inalienables del hombre a su vida, su libertad y su propiedad”, iniciando así lo que se conoce como la “sociedad civil”.
Porque esos “derechos inalienables”, derivados de un “contrato social” con sus congéneres, aunque no con el Estado, permiten su supervivencia dentro de ese monstruo que es el Leviatán-Estado. Su defensa debe ser inclaudicable. No puede cederlos y por ellos debe luchar, sin desmayo.

¿Quién es dueño de un niño, cualquiera que fuese su edad? ¿Sus padres? No. El dueño es el propio niño, aunque no sea “capaz” de ejercer su derecho. Sus ojos, piernas, órganos y hasta su vida misma, ¿a quién le pertenecen? pues sólo a él y a nadie más. El “derecho a la propiedad” nace con él y, en el transcurso de su vida, su propiedad será de él y de nadie más. Capaz de regalarlo, venderlo o enajenarlo. No es una dádiva ni una concesión de sus congéneres ni del Estado.

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